El Japón del siglo XIX

Satsuma samurai
Satsuma samurai
El neoconfucianismo seguía siendo la filosofía dominante en China hasta comienzos del siglo XIX. Estructura socio-política de China y Japón a principios del siglo XIX.
La sociedad china era una sociedad de tipo piramidal, en cuyo seno se distinguían cuatro clases: Los letrados, los campesinos, los artesanos y los comerciantes. Por encima de todos ellos se encontraba el emperador que era el enlace de comunicación entre el cielo y la tierra (los hombres), al igual que el emperador de Japón, pero a diferencia de éste que sólo disponía del poder espiritual y religioso, el emperador chino poseía todos los poderes: político, ejecutivo, judicial, militar, legislativo y administrativo.
Los letrados (mandarines) constituían la clase dirigente de la sociedad china, a dos niveles: nacional y local. Su carrera era determinada por un sistema de exámenes, y una complicada jerarquía los vinculaba a la administración central, en los períodos de unidad, y a las administraciones locales en tiempos de anarquía, de división o de perturbaciones. A la jerarquía se superponía el sistema familiar, relacionado con el culto a los antepasados.
Los pueblos y los distritos son, de hecho, comunidades que agrupaban un número mayor o menor de familias y que evitaban -en la medida de lo posible- las relaciones con el gobierno central (representado por el gobernador de la provincia) administrándose a sí mismas.

La base de la estabilidad del periodo Tokugawa se sitúa en el esfuerzo por establecer una clara línea divisoria entre la clase superior (formada fundamentalmente por los samuráis) y la de los plebeyos. El clan Tokugawa abrazó el neoconfucianismo para establecer y mantener esta nueva estructura social. Así pues, en la cima se encontraba la clase samurai, posteriormente se encontraban la nobleza y las cortes, y más abajo estaban las clases religiosas, por último se encontraban en una categoría inferior las clases urbanas, artesanos, comerciantes y delincuentes. Este sistema social se impuso a toda la comunidad japonesa y su influencia es tal, que en la sociedad japonesa actual posee algunos rasgos de esta estructura.
Durante el período de los shogunatos, existía una especie de dictadura militar sometida específicamente al Emperador de Japón. El shogun, convertido en general en jefe de las fuerzas armadas de Japón, tenía el poder militar y político del país; mientras que al emperador le fueron asignados poder espiritual y religioso, a modo de enlace entre las personas y los dioses, y poder nominal en la corte imperial de Kyoto. Entre las funciones administrativas del shogunato Tokugawa estuvieron: arbitraje entre los intereses de los daimyo en Japón; control de la representación exterior del país; control del poder militar japonés; y dirección de la política interna del país mediante directrices más o menos comunes.
A pesar de que virtualmente el país se encontraba blindado ante el resto del mundo (Sakoku), existían pequeños vínculos de intercambio, en la que los holandeses se establecieron comercialmente en la pequeña isla artificial de Dejima, cerca de Nagasaki; aunque las actividades que se hacían en la isla eran muy restringidas y estaba bajo vigilancia continua del shogunato, prohibiendo cualquiera salida de holandeses de la isla hacia Japón.

Situación en Japón a principios del s. XIX

La estabilidad política y social que impusieron los Tokugawa, tuvo como resultado un crecimiento de la economía japonesa: aumento de la producción agrícola, diversificación de cultivos (entre otros, llegaron la patata o el boniato americanos a través de la China), crecimiento demográfico, crecimiento urbano, desarrollo del comercio y de las redes de transporte, etc. Estos cambios supusieron, a principios del s. XIX, una agudización de las diferencias entre los poderosos y los pobres. Algunos Daimyo concedieron el grado de samurái a familias de origen plebeyo (comerciantes enriquecidos), mientras que algunos samuráis abandonaban su estatus (temporal o permanentemente) para dedicarse a actividades propias de plebeyos. Estos cambios erosionaron la sociedad Edo; los comerciantes eran considerados culpables de la situación tanto por los que pertenecían a los estratos más altos como por los que formaban parte de los más bajos; en el mundo rural, directamente dependiente del poder de los samuráis que lo controlaban, se consideró que el crecimiento de las ciudades era la causa de su empobrecimiento; los señores y, en último término, el shogun eran acusados por los samuráis.
En realidad, a inicios del siglo XIX cerca de una sexta parte de la población japonesa vivía en zonas urbanas. Paralelamente al crecimiento comercial y urbano se produjo una mejora de las comunicaciones y los transportes locales y marítimos, además de desarrollarse sistemas más eficaces de financiación, seguros, banca, correos, etc. De forma similar, se produjo un importante incremento de los estándares educativos: a partir de 1800 se crearon centenares de escuelas de templos. Se calcula que cerca del cuarenta por ciento de los chicos jóvenes habían recibido una educación básica cuando cayó el sistema Tokugawa (la cifra en las chicas era marcadamente inferior).
Como es evidente, los estándares de vida aumentaron significativamente a lo largo de todo el periodo Tokugawa. Esto representa un contraste con la cultura tradicional japonesa, que hasta aquel momento apostaba (teniendo en cuenta los limitados recursos del Japón y su densidad de población ya desde antiguo) por la frugalidad, la sencillez y el gasto moderado. Con respecto a la alimentación, el arroz continuaba siendo la base, complementado en las regiones más pobres por sustitutos más baratos y fáciles de cultivar (como la patata o el boniato que hemos mencionado más arriba). Pero además se extendió el uso de algunos productos de lujo, como el azúcar, las frutas y las verduras, el pescado o el tofu (de soja), y el sake (licor de arroz). Significativamente, el número de restaurantes creció en todo el país. Todo esto retrata la imagen que habitualmente se tiene del Japón tradicional, que en realidad es la del Japón Tokugawa. Una imagen que se rompió repentinamente a mediados de siglo XIX, en un momento en el que el Japón empezaba a entrar en el sistema de relaciones internacionales y, en parte, a causa de este hecho.

Impacto de la llegada de los occidentales

La llegada de los países occidentales hay que entenderla como un elemento más del proceso de expansión imperialista de las grandes potencias en el Extremo Oriente. La reacción dentro del Japón fue de fuerte rechazo hacia los occidentales, como había pasado en la China, y también de descontento hacia el bakufu, y el Shogun como su jefe más visible, porque no había sabido salvaguardar el honor japonés. La llegada de los occidentales aceleró y provocó la caída del sistema político imperante durante los dos últimos siglos: el “Bakufu”. Pero el fuerte sentimiento nacionalista que se difundiría a partir de aquel momento en el Japón llevaría al país hacia unos caminos muy distintos a los que ya estaba siguiendo la China y, en pocos años, el Japón entraría en una etapa nueva y muy distinta de su historia, y que lo convertiría en una nueva y emergente potencia mundial.

Restauración/Revolución Meiji

La restauración/revolución Meiji fue el resultado de los conflictos internos del Japón de la era final del shogunato Tokugawa. La llegada de los americanos y europeos en la década de 1850 aumentó las tensiones domésticas; el bakufu se encontraba ya debilitado por una erosionada economía primaria y una anquilosada estructura política. Cuando el bakufu, a pesar de la oposición de la casa imperial en Kyoto, firmó el tratado de Kanagawa en 1854 (Tratado de Perry) y el tratado de Harris en 1858, podríamos decir, que firmó políticamente su sentencia de muerte. Las concesiones del bakufu a los bárbaros extranjeros no fueron bien recibidas en muchas partes del Japón; así, la reacción fue de un fortísimo rechazo a los occidentales, y también de un gran descontento hacia el bakufu.
La pujanza de los nuevos ricos y líderes de las ciudades (comerciantes principalmente) querían una mayor participación en el sistema político para reflejar los intereses burgueses emergentes. Los antiguos samuráis pensaban que un nuevo sistema parlamentario podría permitirles recuperar sus perdidas posiciones. Este periodo pre-restaurador/revolucionario coincidió con una gran angustia económica así como con la creación de partidos políticos que pasaron directamente a la acción tras la presentación del borrador de la constitución relativamente liberal de 1881 que fue publicada sin la aprobación oficial. Los incidentes y la violencia fueron en aumento y las medidas policiales y represivas también. Los partidos políticos decidieron disolverse en 1884 temporalmente. Itagaki (impulsor del movimiento “Libertad y derechos populares”) viajó en 1884 a Europa para preparar una nueva constitución.
Por tanto, la sociedad clamaba cada día más por una constitución que reflejara los deseos del pueblo y, a la misma vez, creían que dicha constitución les proporcionaría la unidad nacional necesaria para contrarrestar los retos que les planteaban la llegada de los occidentales.

Impacto de la Constitución Meiji

A pesar de la orientación militarista, su ideología ultranacionalista y su ambigua estructura, la constitución japonesa de 1889 supuso una rápida y fructífera modernización a todos los niveles. La nueva constitución se gestó para ser una constitución que se mantuviera en el tiempo, con el emperador ostentando la soberanía y el poder supremo, y sólo unos pocos privilegios concedidos a los derechos populares y mecanismos parlamentarios. La participación de los partidos fue reconocida como parte del proceso político. La Constitución Meiji se mantuvo como ley fundamental hasta 1947.
En los primeros años del gobierno constitucional, salieron a relucir las fortalezas y debilidades políticas de la Constitución Meiji. Un pequeño grupo de la élite Satsuma y Choshu continuó gobernando Japón, siendo institucionalizados como cuerpo extraordinario del genro (estadistas). Colectivamente, el genro tomó decisiones reservadas al emperador, y era el genro y no el emperador quien controlaba el gobierno políticamente. Durante toda la era, sin embargo, los problemas políticos fueron resueltos, normalmente, mediante acuerdos y compromisos, y los partidos políticos fueron incrementando gradualmente su poder sobre el gobierno, y, como resultado, mantuvieron un rol aún cada vez mayor en la política.
Desde el comienzo, los gobernantes Meiji adoptaron el concepto de una economía de mercado y adoptaron las formas británicas y estadounidenses de mercado libre capitalista. El sector privado, en una nación que gozaba de una abundancia de empresarios agresivos, adopto el cambio con una buena acogida. Después de los primeros veinte años de la era Meiji, la industria económica se expandió rápidamente hasta cerca del 1920 con los avances tecnológicos occidentales y las grandes inversiones privadas. Estimulados por las guerras y mediante la cuidadosa planificación económica, Japón surgió como una de las principales naciones industriales tras la Primera Guerra Mundial
En cuanto a los cambios sociales, podemos afirmar que fueron tan importantes como los políticos.
En cuanto a los cambios económicos, la modernización de la nación se realizó mediante iniciativas como el cableado telegráfico a las ciudades más importantes, la construcción de ferrocarriles, astilleros, fábricas de las municiones, minas, instalaciones de fabricación del textiles, fábricas, y estaciones experimentales agrícolas. También se realizaron esfuerzos significativos en la modernización militar, los que incluyeron el establecimiento de un pequeño ejército permanente, un amplio sistema de reserva, y un servicio militar compulsorio para todos los hombres. Fueron estudiados los sistemas militares extranjeros, se contrataron consejeros extranjeros, y se enviaron cadetes a las escuelas militares y navales de Europa y Estados Unidos.

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