Abr 02 2009

Antiguos Mitos Japoneses

Publicado por Manuel Checa a las 7:39 en FILOSOFÍA Y RELIGIÓN EN AO

Nelly Naumann: nacida en 1922, fue hasta el año 1986 catedrática de Japonología en la Universidad Albert Ludwig de Friburgo. Su actividad investigadora se centra sobre todo en temas de religión, mitología y etnología. En 1995, su obra Yama No Kami: la divinidad japonesa de la montaña fue distinguida con un premio de la UNESCO.
Nelly Naumann es autora del libro “Antiguos mitos Japoneses”, esta obra describe el espacio natural en el que se insertan los mitos. La obra analiza asimismo las motivaciones políticas que, hace más de un milenio, llevaron a las familias dirigentes y a los soberanos de Japón a reescribir los mitos para fortalecer sus aspiraciones de legitimidad. Naumann establece nexos entre el universo mítico japonés y los ámbitos míticos de otras regiones asiáticas (Corea; China, Siberia, Indonesia) y del mundo. Para esclarecer la mitología japonesa, Naumann se sirve de los dos monumentos literarios japoneses más antiguos: el KOJIKI – Crónica de los acontecimientos antiguos- presentado al trono a comienzos del año 712; así como del NIHONGI o NIHON SHOKI – Anales de Japón, la obra histórica oficial concluida en el año 720. Naumann muestra su asombro por cuanto en cuanto tan sólo ocho años después de la redacción del Kojiki se presentara el Nihongi, pero nos aclara que esta doble vía se comprenderá si se tienen en cuenta los procesos políticos del siglo VII y el significado especial de las variantes de los mitos que ofrece el Nihongi y que divergen del kojiki. La tendencia básica de ambas obras es la misma: justificar la pretensión de poder y la legitimación de la casa gobernante por medio del precedente mítico, es decir, por el origen y el mandato divinos, y confirmarlas demostrando la sucesión ininterrumpida de una “dinastía” a través de todas las generaciones. En el Kojiki se percibe, tal como se insinúa en el prefacio, la influencia personal del emperador Temmu. En el Nihongi, en cambio, se establecen diversas variantes de los mitos con respecto al Kojiki, no sólo en las tradiciones de diversos linajes de la nobleza, sino también en las tradiciones de la casa imperial. Hay que decir, sin embargo, que en el Nihongi se advierte la profunda influencia del pensamiento chino, pragmático y especulativo, referido a este mundo de los mitos pero libre de una verdadera conciencia religiosa; además de ser concebido como imitación de la historiografía china, está escrito en chino. Sea como fuere, nos dice Naumann, a ambas obras se puede aplicar el principio de que el comienzo del mundo coincide con el comienzo de la historia, y que los mitos no son por tanto más que la continuación de la historia hacia atrás, hacia el pasado hasta llegar al inicio.
RESUMEN DEL CONTENIDO DE LA OBRA
Naumann elabora “Antiguos mitos japoneses” agrupando en tres unidades bien diferenciadas los acontecimientos narrados en el Kojiki y en el Nihongi:
1. La primera unidad trata de la TEOGONÍA (generación de los dioses), COSMOGONÍA (relativo a los orígenes del mundo) Y la COSMOLOGÍA (del origen y la evolución del universo). Naumann compara la creación en el Kojiki y en el Nihongi, y nos advierte de la gran diferencia entre ambos en lo relativo a la creación. En el Nihongi se remite de entrada al Yin y al Yang, al principio femenino y al masculino surgido del caos, y pone por tanto una idea filosófica genuinamente china al comienzo; mientras que el Kojiki antepone a todo lo demás una triada surgida en la Alta Planicie Celestial (escenario del acontecer mítico, no confundir con el concepto abstracto de “cielo y tierra”(pág: 29, 30). En el principio, sólo había caos infinito sin forma; en este caos, cristalizó Takamagahara, la Alta Planicie Celestial. En él surgieron las tres divinidades creadoras: Ame no Minaka-nushi no Kami (el dios del augusto centro del cielo), Takami-musubi no kami (divinidad de la alta augusta fuerza activa de la procreación) y Kami-musubi no kami (divinidad de la fuerza divina de la procreación). En aquel entonces el mundo aún no era sólido, parecía aceite y flotaba como una medusa. De allí emergieron otros dos dioses que, con los tres anteriores, son las cinco divinidades primordiales: Umashi-ashikabi-hikoji no kami y Ame no Tokotachi no kami.
Seguidamente, surgieron otras siete generaciones de dioses, cada una formada por un dios y una diosa, que culminaron en Izanagi no mikoto “El hombre augusto que invita” e Izanami no mikoto “la mujer augusta que invita”:
- La Creación: Izanagi e Izanami: Según el Nihongi, Izanagi e Izanami (que eran hermanos) convierten la isla de Onogoro en la “Columna del centro del país” y rodean la isla en direcciones opuestas para constatar que son la pareja primigenia; realizan el ayuntamiento y fracasan con el aborto del niño sanguijuela “Hiruko” debido a que la mujer habló en primer lugar. En el Kojiki, también se atribuye el nacimiento de este niño al comportamiento erróneo de la mujer. El segundo ayuntamiento de la pareja condujo al nacimiento de islas y dioses, de montañas, ríos, árboles y hierbas, como dice el Nihongi “de las cosas en su totalidad”; en ambos textos, se enumeran primero ocho islas y como estas islas nacieron primero, se les llama “Gran País de las Ocho Islas” (nombre del imperio insular nipón).
Concluida la “creación de las cosas en su totalidad”, Izanami da a luz al dios del fuego: Kagutsuchi, el cual la quema y provoca su muerte. Este fuego parido por ella es la fuerza primigenia destructiva (y no el fuego del hogar) que aún debe ser domada y puesta al servicio del hombre. Con su muerte, ninguna parte de lo divino se pierde, pero se transforma (pág: 51).
“Izanagi – padre primigenio- visita el reino de los muertos: Izanagi sigue a su esposa al “país de las Tinieblas”, la encuentra y le pide que regrese pero viola el tabú e ilumina la oscuridad con una única luz, el último diente de su peineta convertido en linterna; Izanami, que hasta entonces parecía como en vida, resulta ser un cadáver hinchado y putrefacto lleno de pus y de gusanos. La entrada de Izanagi en el reino de los muertos es un acontecer mítico primigenio que determina de una vez para siempre las condiciones de la existencia humana; el país de las tinieblas no es un infierno donde se castigan los malos actos, sino simplemente, un más allá que encarna todo el horror de la muerte.
La huida de Izanagi del País de las Tinieblas concluye fijando la frontera entre este mundo y el más allá. La roca que debe ser arrastrada por mil hombres y que bloquea para siempre la Pendiente Lisa del País de las Tinieblas se convierte en el Gran Dios que “envía de regreso en el camino” y que “cierra la Puerta de las Tinieblas”.
El regreso de Izanagi a este mundo está marcado por una purificación que debe limpiar la suciedad, la mácula y sobre todo el contagio de la muerte. De los dioses que surgen del ritual de limpieza corporal de la Purificación, los tres últimos dioses “Los tres niños Augustos” son lo que, una vez terminada la labor divina de Izanagi, reinarán en el mundo por encargo de su padre: Amaterasu Ohomikami “Gran divinidad que brilla en el cielo” y Tsukuyomi no mikoto “Divinidad que Cuenta las Lunas” nacen de los ojos y, por tanto, les corresponden la luz del sol y de la luna. Izanagi se lava la nariz y entonces surge Fusa no k.o., destinado a “gobernar el mundo”.
2. La segunda unidad trata de: El Orden Mítico del Cosmos: La “Alta Planicie Celestial” se considera en todos los textos el territorio propio de la diosa sol; Izanagi lo confirma al entregar a la diosa del sol un “collar de joyas”. El reino de la noche se le asigna a Tsukuyomi en el Kojiki y en la variante XI del Nihongi. Susa no Wo era destinado a ser el amo del mundo o de la tierra pero perdió los territorios asignados por culpa de su terrible llanto que secó los ríos y los mares, las verdes montañas se volvieron áridas e innumerables personas mueren de forma prematura. Susa no Wo, surgido cuando Izanagi volvió del reino de los muertos y se lavó la nariz, y destinado a ser un dios de la vida, resulta ser un dios de la muerte. Sus lágrimas son agua de la muerte. De este modo, no sirve para amo del mundo, pero sí para amo de un reino de los muertos llamado “País de las raíces”, que en modo alguno hay que confundir con el “País de las Tinieblas” donde se encuentra Izanami (pág: 69 y 103). El más allá que se asigna a Susa no Wo no es idéntico al Yomi no kumi, “El País de las Tinieblas” donde reina Izanami. Ella, otrora madre primigenia, es ahora la gran perseguidora que no deja escapar la muerte a nadie; Susa no Wo, en cambio es el dios responsable del eterno movimiento circular que va de la muerte a la nueva vida. Nadie que haya entrado en el país de las tinieblas puede salir de él; un ne no kuni, un país de las raíces, en cambio, promete una vida nueva.
Susa no Wo acata el castigo de expulsión al país de las Raíces, pero antes sube al cielo a despedirse de su hermana; la diosa del sol desconfía y cree que pretende disputarle su dominio. La inocencia de Susa no Wo se manifestará mediante un ukehi, una suerte de conjuro mágico en el cual una señal acordada se considerará una respuesta positiva o negativa a la pregunta planteada. Los niños que han de engendrarse bajo las condiciones del ukehi deben dar respuesta.. Después de probar su inocencia, Susa no Wo comete una serie de tropelías a su hermana Amaterasu, hasta que arranca la piel en dirección contraria a un caballo pío y la arroja a la “Sagrada Sala del Tejido”, provocando que la diosa del sol se oculte dentro de la montaña tras una gran roca que ninguno de los dioses, ni siquiera el más fuerte, puede mover. Así pues, Amaterasu retira su luz no sólo del “País Central de la Planicie de Juncos” sino también del Takamagahara.
Los dioses se reúnen en el cauce seco del Celestial Río Yasu y hacen una serie de preparativos para atraer al exterior a la diosa del sol y sacarla de su casa de rocas. Desde el canto de los gallos hasta el juego de Ame no Uzume, junto con la risa libertadora provocada por las obscenidades causa la salida de la diosa del sol. El mundo vuelve a llenarse de luz y vida.
Los dioses vuelven a reunirse para castigar a Susa no Wo y le imponen una pena de mil mesas llenas de ofrendas, le cortan la barba y las uñas de los pies y de las manos (depende de la versión se las arranca o se las cortan), lo someten al Harare y lo echan mediante la “Expulsión Divina”, haciéndolo descender al País de las Raíces (pág: 101, 102, 103).
Tras su expulsión Susa no Wo se dirige a Ne no Kuni y se encuentra con la diosa de la alimentación, a la cual mata; después llega al país de Izumo y ve unos palillos que flotan en las aguas y concluye que cercan deben haber seres humanos. Efectivamente, se encuentran con dos ancianos y su preciosa hija, atemorizados por el monstruo serpentino de ocho brazos, ocho cabezas y ocho colas que pronto vendrá a por su hija (antes ya había devorado a siete hijas). Susa no Wo se identifica y transforma a la hija en una peineta y se la pone en el moño para ocultarla; luego da una serie de ordenes a los ancianos para que realicen unos preparativos con vino ocho veces fermentado y construyan una verja con ocho puertas y pongan ochos vasijas en cada puerta. Cuando llega el monstruo, bebe de los cubos o vasijas y se emborracha; Susa no Wo cortó rápidamente con su espada de ocho palmos al monstruo, al legar a la cola encontró dentro de ella la espada Kusanagi que entregó a Amaterasu. Vencido el monstruo, Susa no Wo se casó con la hija de los ancianos y construyó un palacio en Suga (Izumo). Susa no Wo ha concluido su obra en el cielo y en la tierra, ha cumplido su responsabilidad ante este mundo y ha vencido para siempre la amenaza que se cernía sobre él. Sin embargo, aún le queda una cosa por hacer: las tierras necesitan un señor. En la Alta Planicie Celestial reina Amaterasu, la noche está dominada por el dios de la luna, y él mismo se dirige hacia ne no kuni; así pues, es lógico que reine en el País Central de la Planicie de los Juncos su hijo, procreado y nacido en esta tierra destinada por él.
Su hijo Ohonamuji, al que Susa no Wo llama Ashiharashikowo (hombre feo de la Planicie de Juncos) es sometido a tres pruebas que supera y recibe por Sus no Wo el encargo de dominar el País Central de la Planicie de Juncos.
3. La tercera unidad la constituye el Mito Político: Amaterasu convoca una nueva asamblea de dioses en el cauce seco del Celestial Río Yasu en la Alta Planicie Celestial. Junto a Amaterasu, aparece Takamimusubi (Takagi en el Kojiki) – Dios del cielo-, y ambos están interesados en que gobierne el País Central de la Planicie de Juncos el hijo de Amaterasu y nieto de Takamimusubi: Ame no Oshihomimi. Sin embargo, quien desciende es un hijo de Ame no Oshihomimi: Ninigi, el cual desciende y se casa con una hermosa muchacha, hija del dios de la montaña; pero rechaza a la hija fea del mismo dios, lo cual provoca que la vida sea efímera para los humanos. Ninigi es sometido a diversas pruebas y al final muere a manos de un ser humano; más adelante se producen una serie de luchas por el poder entre sus descendientes, hasta la llegada de Kamu-Yamato Ihare-Biko, conocido posteriormente como el emperador Jinmu. Con Jinmu Tenno acaba la era de los dioses y comienza la historia de los emperadores humanos.
Después de vencer a todos los enemigos y pacificar la tierra, el emperador se establece en el palacio de Kashihara, cerca de Unebi, y gobierna el imperio. El acontecimiento es tratado con suma brevedad en el Nihongi, mientras que el Kojiki lo relata de forma detallada y exagerada.
La intención del emperador Temmu a la hora de redactar el Kojiki consistía en demostrar la legitimidad de la dinastía reinante, así como su sucesión ininterrumpida. Para ello, había que integrar tradiciones que se desviaban considerablemente de la propia tradición familiar, y que transcurrían en paralelo a ella o incluso la contradecían. Las variantes del Nihongi, escrito en una época en que ciertas familias apartadas por Temmu habían vuelto a adquirir poder y prestigio, atestiguan estas tradiciones. Temmu aspiraba a equilibrar, armonizar y conseguir una lógica mítica cada vez que le parecía necesario para sus intenciones. Por eso, no dejó de relatar el encargo hecho por Susa no Wo a su hijo Ohonamuji/Ohokuni-nushi para que asumiera el poder, pues sólo de esta manera estaba Ohokuni-nushi legitimado a ceder su poder al nieto del cielo. El emperador Temmu perseguía un objetivo claro cuando insertó a Takamimusubi/Takagi en sus especulaciones inspiradas por la concepción china y lo presentó en un lugar destacado al principio del Kojiki, como dios de la creación. Así, Takamimusubi/Takagi y Amaterasu ordenan juntos a su nieto que gobierne el País Central de la Planicie de Juncos; y Amaterasu entrega al nieto el “espejo, la espada Kusanagi y la joya de forma curva”, símbolos de la corona japonesa.

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